Acababa de amanecer, Ani
lo veía por los rayos de luz que llegaban por la ventana de la cabaña, así que
apuró los cereales y, saboreándolos, se echó la mochila a cuestas y salió.
Fuera, la bruma empañaba
un poco la visión, pero no lo suficiente como para impedir el plan. Sentado
junto a la puerta de la cabaña, Saro estaba fingiendo dormir. Ni conseguía
engañar a Ani ni se lo planteaba. Un poco más lejos, Néstor estaba de
cuclillas ojeando la escarcha sobre la hierba y la tierra. Saro se había
vestido de claro y Néstor de oscuro, los gemelos no tenían ganas de jugar al
“somos súper idénticos” con Ani.